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1977-2017: 40 años de Enfermería en la universidad

Hasta 1977 las enfermeras estudiaban en las Escuelas de Asistentes Técnicos Sanitarios, compartían prácticas en los hospitales con otros profesionales con titulación universitaria. Pero al terminar sus estudios no obtenían un título universitario. Con la integración de las escuelas en la universidad, en agosto de ese año, cambió esa realidad y la enfermería alcanzó su titulación universitaria de primer ciclo: la Diplomatura. Sin embargo, habrían de pasar 31 años, hasta 2008, para que la enfermería alcanzase el máximo desarrollo académico posible: el Grado en Enfermería (Licenciatura).

Un largo y complejo proceso en el que la perseverancia, la unión de toda la profesión y la normativa europea fueron claves para que la enfermería alcanzase, por fin, el desarrollo académico que merecía. En estos días en que se cumplen 40 años del inicio de las clases para los primeros enfermeros universitarios hacemos una pequeña retrospectiva sobre aquellos comienzos.

Un gran cambio

Aula de los primeros diplomados en la Escuela Universitaria de Enfermería de Cruz Roja de Madrid

 Alumnos y profesores de la época ya eran conscientes del cambio que la llegada a la universidad suponía para la profesión. Como explica Margarita Peya, que en octubre de 1977 empezó a impartir clases de la asignatura de Enfermería Médico-Quirúrgica en la Escuela de la Seguridad Social Príncipes de España, adscrita a la Universidad de Barcelona —la primera universidad en lograr la conversión de estudios de ATS a Diplomatura—, “todo era nuevo, un plan de estudios nuevo, el enfoque dela formación era muy distinto, más integral. Se incluyeron asignaturas que no teníamos, como Salud Pública, Enfermería Comunitaria, otras se ampliaron, como todo lo que es ciencias de la conducta y Enfermería Psiquiátrica. Pero, sobre todo había un enfoque más autónomo, más centrado en los cuidados enfermeros. Empezamos a enseñar los modelos y teorías de enfermería, los procesos enfermeros. Fue el inicio de una profesión mucho más autónoma, por así decirlo”, explica.

A nivel de organización también supuso toda una revolución. Hasta entonces hombres y mujeres estudiaban por separado, pues posteriormente su desempeño tambi

én era diferente. Como recuerda Emilio Muñoz, alumno de la primera promoción en el Hospital de San Rafael, adscrito a la Universidad Complutense, “los ATS masculinos, como lo era mi padre, solían decantarse por una actividad más de clínica, de poner inyecciones en un ambulatorio. Las mujeres trabajaban en los hospitales o centros asistenciales. El enfoque nuestro ya fue más unificado, igual daba que fueras hombre o mujer”. Con ello llegó la integración por sexos, que por entonces era muy escasa.

Así, por ejemplo, la Escuela de la Seguridad Social de Barcelona pasó de ser un internado femenino, a una escuela abierta y mixta que duplicó el número de alumnos. “Si como escuela de ATS teníamos pocos alumnos, entre 50 y 60 por curso, en aquella primera promoción tuvimos más de 100 o 120”, afirma Margarita Peya. También se empezó a producir un cambio en la forma de vestir: las alumnas de Enfermería ya no debían llevar la cofia, al menos para asistir a clase.

Para Emilio Muñoz la sensación predominante aquellos días era la de incertidumbre. “No sabías realmente qué es lo que iba a ocurrir. Éramos conscientes de que íbamos a ser un poco conejillos de indias. Entre las clases de ATS y las de diplomatura había mucha diferencia. Había materias completamente diferentes. Los ATS tenían un libro en el que daban todas las materias y nosotros teníamos que buscarnos un poco la vida porque en aquella época no había libros de Enfermería. Teníamos que acudir a libros de Medicina, leerlos y sintetizar. Casi fuimos haciendo nuestros propios manuales. Era bastante laborioso”, sostiene.

Prácticas en los quirófanos del hospital San Rafael de Madrid Profesores enfermeros

En los primeros tiempos la mayoría de los profesores eran médicos. “En ese periodo a los enfermeros nos contrataban como maestros de taller, profesores de prácticas básicamente. A los enfermeros nos permiten presentarnos a las primeras oposiciones de profesores titulares de escuela universitaria con una orden provisional de la Dirección General de Universidades”, explica José Ángel Rodríguez, quien obtuvo su plaza de profesor titular en la Escuela de Enfermería de la Universidad de La Laguna (Tenerife) en esas primeras oposiciones de 1985.

Hasta entonces existían enfermeros profesores titulares de Escuela que habían sido nombrados por idoneidad. “Fue el caso de M.ª Teresa Monzón, que fue la primera enfermera profesora de la Escuela de la Laguna, nombrada por idoneidad, así que no tuvo que opositar”, recuerda Rodríguez.

El caso de Margarita Peya fue diferente, ella ya era profesora en la Escuela de ATS, y con la reconversión de los estudios no tuvo problemas para continuar con su labor docente. “Al ser una escuela adscrita no estábamos contratados por la propia universidad, sólo realizaban una labor de supervisión. Teníamos la venia docente, que debíamos renovar cada año, que nos permitía enseñar en la universidad, aunque no tuviésemos la titulación universitaria”. “Todos los profesores, o al menos la mayoría, nos habíamos preparado en un curso previo que hicimos en Madrid, en el Instituto de Ciencias de la Educación, que se había diseñado específicamente para un grupo de profesores de escuelas de Enfermería. Éramos docentes de toda España. Allí nos formaron en aspectos pedagógicos más modernos, no tanto en nuestros propios contenidos. Por ejemplo, el trabajar por objetivos, el hacer una enseñanza más participativa, no tanto clases magistrales”.

Para Pilar Arroyo, que ha estado presente en los momentos históricos más relevantes de la Enfermería en España, desde la Asociación de Enfermería Docente y como directora de la Escuela Universitaria de Enfermería Puerta de Hierro, “los estudios de Enfermería siempre han tenido la virtud de responder a las necesidades sociales de cada momento. El plan de estudios de ATS es cierto que estaba muy centrado en las técnicas y con una orientación biomédica. Sin embargo, aunque criticados por muchos, estos estudios nos permitieron comenzar a desarrollar nuestro propio ámbito de responsabilidad profesional, pues comenzamos a ser autónomas en el dominio de técnicas que sólo las enfermeras podíamos llevar a cabo”.

 30 años de DUE

Lo que en 1977 parecía la culminación académica de la profesión poco a poco empezó a dar paso a una nueva reivindicación: la Licenciatura.

Para José Ángel Rodríguez, “en 1977 nos permitieron recibir clases universitarias, pero no éramos universitarios realmente porque teníamos limitada la capacidad de acceder al máximo grado de licenciado y de doctor. Durante todo ese periodo, que dura más de 30 años, la universidad y el Estado español hacen una mezquindad con la enfermería: no permitirnos una cosa fundamental de la universidad que es investigar, y al no permitirnos investigar no permitirnos desarrollarnos como profesión”.

Esa situación se compensó en cierta manera gracias al esfuerzo de la propia profesión, que buscó otras vías. Así, por ejemplo, en octubre de 1999, la Organización Colegial de Enfermería firma el “Proyecto Amanecer” con la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Gracias a este convenio, la enfermería lograba acceder a la Licenciatura en Antropología Social y Cultural. De esta forma, los enfermeros podían acceder a los estudios de Tercer Ciclo y al Doctorado.

Pero la lucha no finaliza aquí. En enero del año 2000 la Comisión Europea lleva al gobierno español ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, tras la denuncia del Consejo General de Enfermería por el reiterado incumplimiento de la Directiva 77/453/CEE, que incluía una formación mínima de 4.600 horas que la Diplomatura no cumplía.

El 24 de noviembre de 2005, vistos los reiterados incumplimientos, se presenta en sociedad la “Plataforma Pro título de Grado de Enfermería (Licenciatura) de 240 créditos y cuatro años”, integrada por todos los estamentos profesionales, laborales, científicos y académicos de la enfermería española.

Impulso europeo

El impulso definitivo llegaría de la mano del Plan Bolonia, por el que se crea el Espacio Europeo de Educación Superior, modificando todo el sistema universitario en la Unión Europea con la creación de los Grados. Así, el 27 de febrero de 2008, el Boletín Oficial del Estado (BOE) publicaba una breve resolución que, sin embargo, tenía una enorme trascendencia: las condiciones de los planes de estudios de Enfermería.

Entre las nuevas condiciones del título de Graduado en Enfermería destacaba que el plan de estudios dejaba de ser una Diplomatura de tres años y pasaba a convertirse, finalmente, en un Grado de cuatro años y 240 créditos académicos. Ello suponía la equiparación de los estudios universitarios de Enfermería al resto de titulaciones históricas como Derecho, Historia, Biología, etc.

Pleno desarrollo

El Grado en Enfermería no sólo era un tema de justicia para con la profesión, que ya entonces contaba con muchas más horas de formación que otras titulaciones, también implicaba el pleno desarrollo académico. Una vez en posesión del Grado, ya podían cursar el máster y el doctora- do como cualquier otro profesional. Y con ello se abre la posibilidad de investigar.

“El hito real de la transformación de la enfermería española se produce cuando realmente podemos acceder, siendo enfermeros, a la investigación”, señala José Ángel Rodríguez. Algo en lo que coinciden todos los expertos consultados. Aunque José Miguel Morales, profesor de Enfermería en la Facultad de Ciencias de la Salud de Málaga, también pone en valor “el coraje y el tesón que las enfermeras españolas han mostrado a la hora de investigar en estas cuatro décadas: soportando más de treinta años sin acceso a doctorado, realizando investigación en la práctica clínica en notables condiciones de inferioridad, llevando a cabo estudios sin el apoyo de infraestructuras estables de investigación, etc”. Y a pesar de todo ello, “casi un centenar de grupos de investigación organizados han situado a la enfermería española en el séptimo lugar de la producción bibliográfica mundial”, señala. Para Rodríguez, “si eso lo hemos hecho en 10 años, si nos hubieran dejado hacerlo los últimos estaríamos hablando de un modelo de cuidados diferente, de una sociedad más rica en sanidad y en salud”.

Todos iguales

“Hoy —señala Máximo González Jurado, presidente del Consejo General de Enfermería—el 100% de los enfermeros españoles son graduados universitarios. Eso es algo que no puede decir ningún otro país del mundo”, asegura. Y es que una de las prioridades de la enfermería española en todo este proceso ha sido que no hubiese diferencias entre unos titulados y otros. Así, en enero de 1980 se estableció por Real Decreto la homologación del título de Ayudantes Técnicos Sanitarios con el de Diplomado en Enfermería, a través del denominado curso de nivelación. La última edición de estos cursos se realizó en 2006, por la que todos los ATS que todavía trabajaban en España pudieron convalidar su título por la diplomatura universitaria, sin exámenes y sin coste.

De igual manera ha sucedido con el Grado en Enfermería. En octubre de 2015, el Boletín Oficial del Estado publicaba el Acuerdo del Consejo de Ministros de 30 de octubre de 2015, por el que se determina el nivel de correspondencia al nivel del Marco Español de Cualificaciones para la Educación Superior del Título Universitario Oficial de Diplomado en Enfermería. Con esta resolución se equipara el título de Diplomado al Graduado en Enfermería, con los mismos derechos y obligaciones, las mismas competencias y conocimientos y con las mismas oportunidades de acceder a la función pública. Esta homologación logra una enfermería única, sin la coexistencia de dos tipos de titulados universitarios.

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